Somalia, tras 19 años de guerras entre clanes, Somalia camina hacia su desaparición como estado. Mientras tanto, el único presente para los somalíes es la guerra y las hambrunas.
¿Qué futuro aguarda al país y a sus jóvenes?
Para aquellos que no consiguieron escapar con su familia a los estados vecinos, el futuro pasa por unirse a grupos guerrilleros como Al-Shabaab, milicia extremista islámica enzarzada en una lucha sin cuartel con el Gobierno Federal de Transición (GFT) con el objetivo de hacerse con el poder. El GFT es una frágil alianza que cuenta con la bendición de la ONU y ejerce un precario gobierno.
Tras el derrocamiento de Mohamed Siad Barré, el último déspota que gobernó el país, Somalia se sumió en la anarquía. Los jóvenes somalíes pertenecen a una generación que no ha conocido la paz, que sufre como sus mayores una guerra permanente y desconocen lo que es un gobierno estable. Dado que no existen prespectivas de paz, empleo o esperanzas en un futuro que no pase por la hambruna, la única salida es huir de «un país que se desmorona» o ingresar en uno de los grupos extremistas que como Al-Shabaab luchan por el poder.
Esta situación ha convertido a Somalia no sólo en uno de los países más pobres de la tierra, sino tambien en el refugio de grupos islámicos armados que luchan por instaurar la yihad mundial y, sobre todo, en un nido de piratas asentados sobre todo en la costa norte, en la confluencia del golfo de Aden y el océano Índico. Estos piratas, dotados de medios y armamento cada vez más potentes, han sido capaces de desestabilizar el tráfico marítimo entre Europa y Oriente, poniendo en jaque a los ejércitos de países dotados de tecnología militar de última generación.
La falta de un gobierno estable, la lucha de clanes y sobre todo el sentimiento de que están solos, de que han sido abandonados a su suerte por el resto del mundo, ha convertido a Somalia -antaño un país de pastores de ovejas, cabras y camellos, ferozmente individualistas y nacionalistas hasta la médula- en un avispero en permanente lucha por el poder. En una confrontación entre los cinco clanes principales que desde siempre se han repartido este territorio.
Es esta una sociedad propensa a la lucha, al saqueo o a los secuestros, principalmente una sociedad de nómadas y de pastores, en la que antaño las disputas se arreglaban por medio de tribunales formados por los ancianos de los clanes. Una sociedad fuertemente jerarquizada en la que los señores de la guerra siguen imponiendo su ley.
Tras la dominación colonial, los europeos abandonaron Somalia en 1960, dejándola a su suerte. Sus habitantes soñaban un país unificado pero el nacionalismo se adueñó una vez más del pueblo somalí. El país, antaño bajo dominio italiano en lo que conocemos hoy como Somalia y por los británicos en Somaliland y Puntland, se confederó en un intento de conformar un estado. Los clanes, ferozmente individualistas, no lo permitieron y fustraron esta unión, creándose un vacío de poder que ocupó el dictador Barré en 1969.
El nuevo déspota gobernó con una mezcla de brutalidad y astucia, ilegalizó los clanes, fomentó el socialismo en detrimento del tribalismo y despojó a los ancianos tótem de los clanes de su autoridad jurídica. Lo que en teoría parecía la modernización del país, era en la práctica un ejercicio de cara a la galería, simplemente trataba de ganarse la confianza y el favor de EEUU o de Rusia, lo que redundó en ingentes ayudas militares y armamentísticas. Ayudas que fortalecieron la posición de Barré en la zona y desembocaron en una pírrica guerra contra Etiopía que a la larga debilitó su figura.
Tras 22 años de gobierno despótico, un clan rival, el Hawiye, lo expulsó de Mogadiscio. Los somalíes estaban hartos de ocupantes y de caudillos, ansiaban un gobernante que los sacara de esa época oscura y volvieran a ser lo que siempre habían sido, nómadas, pescadores y comerciantes. Tras casi 20 años desde que Barré fuera depuesto, todo sigue igual.